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que nunca había usado: era un trofeo regalo de su madrina
después de su último vuelo ¡tantos miles de días atrás!
-Estos anteojos se han vuelto locos -dijo Bisa. Y miró a
Pachimú, y en su lugar vio un gato con cola de pavo real.
-Estás muy raro. ¿Qué te pasa, Pachimú?
Pero Pachimú, por ser tan pequeño, no sabía nada de
rarezas.
Bajó de su casa y con el grillo en su caja dentro de uno
de sus 54 bolsillos llenos de herramientas, corrió a
contarles a sus bisnietos la novedad. Los niños, por
riguroso turno, se probaron las gafas y no vieron nada, sólo
las encontraron asquerosamente sucias y empañadas.
-Estoy segura de que con estos anteojos maravillosos
pondré en marcha el motor- dijo Bisa.
Los chicos abrieron los portones, Bisa trepó a la
diminuta cabina, movió manivelas y palancas y…
¡brrrrummmm! cruzó las vías y remontó vuelo.
Los bisnietos la siguieron un poco a la carrera, después
se taparon los ojos temiendo lo peor.
Seguramente ustedes también tiemblan de espanto
pensando que se va a estrellar contra el más alto de los
eucaliptos.Pero no, Bisa vuela, feliz. Mira hacia abajo y ya
no ve a sus bisnietos ni el ocre de los monótonos campos.
Ve toda la ciudad de Nueva York, ve una carroza tirada por
mariposas gigantes, ve las pirámides mexicanas, ve un
cohete espacial que pasa cerca, y allá lejos ve algunas
torres de la ciudad de Bagdad.
Como le quedaba escaso combustible, al divisar una
calle ancha y poco transitada, decidió aterrizar. ¿Dónde
estaría? ¡Buena pregunta para Pachimú!
Bisa se levantó las gafas y vio que los niños de un
pueblo extraño se acercaban a recibirla, con sonrisas,
besos, abrazos y un ramillete de margaritas.
Pero ¡ay!, hablaban en otra lengua, sólo entendieron el
idioma de los cariños. Entonces Pachimú se puso a cantar,
y a él sí lo entendieron, porque los grillos cantan en un
idioma universal. Salió de su caja y del bolsillo y desde el
ala del avión trabajó de traductor.
Los chicos de ese pueblo también decidieron adoptar a
Bisa como bisabuela de todos. Y le ofrecieron domicilio en
una casita construida en las ramas de un árbol.
Desde entonces Bisa vuela de pueblo en pueblo y de
bisnietos en bisnietos.
Ya aprendió otro idioma y, en cada viaje, que dura
media hora o tres meses –nadie lo sabe-, sigue mirando
encantada por los cristales de sus antiparras, las maravillas
del mundo que siempre quiso conocer.
LA MONA JACINTA
La mona Jacinta
se ha puesto una cinta.
Se peina, se peina,
y quiere ser reina.
Mas la pobre mona
no tiene corona.
Tiene una galera
con hojas de higuera.
Un loro bandido
le vende un vestido,
un manto de pluma
y un collar de espuma.
Al verse en la fuente
dice alegremente:
—¡Qué mona preciosa,
parece una rosa!
Levanta un castillo
de un solo ladrillo,
rodeado de flores
y sapos cantores.
La mona cocina
con leche y harina,
prepara la sopa
y tiende la ropa.
Su marido mono
se sienta en el trono.
Sus hijas monitas
en cuatro sillitas.
EL GATO CONFITE
El gato Confite
le duele la muela,
y no va a la escuela.
Muy alta, muy seria,
su pena gatuna
llega hasta la luna.
La carne picada
se quedó hace rato
dormida en el plato.
Papel papelito
cuelga de un hilito
finito, finito.
La casa está quieta,
todos los ratones
en sus camisones.
Los chicos se acercan,
besan a Confite
para que no grite.