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Juan se quedó quieto, enfurruñado y lloriqueando. Angelito le tendió la mano:
—¿Somos amigos?
Juan no contestó.
Al día siguiente fueron a la escuela juntos; Angelito comprobó que era cierto lo que le dijeran en el cielo. Juan pasaba la mañana molestando, chillando, haciendo borrones, arrojando tiza, tirándole del pelo a las niñas, rompiendo cuadernos y dibujando monigotes con cola y cuernos que, desgraciadamente, causaban mucha ...
Angelito le daba consejos y hasta trataba de sujetarle las manos. Inútil. Una tarde lo llevó a pasear al campo y allí trató de sermonearlo: que tenía que portarse bien, y que patatín y que patatán. Juancito se tapó los oídos y le sacó la lengua. Entonces el ángel se quedó triste y callado, y al fin dijo, por decirle al...
—Te regalo la pelota.
Juan se puso contento. Angelito no se acordaba para nada del tesoro encerrado en la pelota.
Jugaron los dos un buen rato, hasta que la pelota fue a parar a un alambrado y allí se desgarró toda contra las púas, que nunca faltan en este mundo. Juan recogió la pelota y vio sorprendido que de adentro salía luz. No se animó a romperla del todo pero la desgarró un poquito más y vio algo que brillaba...
Sacó delicadamente un círculo livianito como el aire... un aro de oro... un hilo redondo y como de miel.
—¿Y esto?
—Nada, es mi sombrero —contestó el ángel.
—¿A ver cómo te queda?
El ángel se puso el halo, que brillaba como una tajadita de sol.
—Entonces, ¿eres un ángel? —dijo Juan.
—Claro, tonto; soy tu ángel guardián.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque es un secreto. Nosotros nunca decimos nada; ni siquiera se nos Ve.
—¡Qué lástima! —dijo Juan.
—¿Por qué qué lástima?
—Porque si yo hubiera sabido que tenía un ángel me habría portado bien.
—Ahora ya lo sabes.
—Ajá —dijo Juan.
Y se fue caminando despacito, abrazado a los restos de su pelota, mientras el ángel volvía a su OVNI para seguir cuidando a Juan desde el cielo.
En las altas esferas lo esperaban para amonestarlo por haber revelado el secreto de su misión.
Juan oyó un zumbido, miró para arriba y no vio nada, pero se imaginó y dijo adiós con la mano. Después fue a su casa, abrió el cuaderno y cuando se puso a hacer los deberes le salieron todos con letras de oro.
Un angelito canta y vuela,
hace mandados y va a la escuela.
Nadie lo ve ni lo verá
y aunque se vaya se quedará.
BISA VUELA
Había una vez una ancianita con más años que hojas
tiene un ombú. Alta y flaca y memoriosa y sabia. Y había
una vez un pueblo grande como dos sábanas cosidas al
medio por las vías del ferrocarril. Y había en el pueblo
varias familias con muchos chicos. Y había trenes que
pasaban de largo, llenos de vacas y sin pasajeros.
La ancianita vivía sola en lo alto de un mangrullo.
Guardaba cachivaches en un baúl de su antepasado el
Conquistador. Y su grillo Pachimú se guardaba él solo
dentro de una caja de fósforos.
Un buen día, los niños, reunidos en asamblea en el
galpón del ferrocarril bajo las alas de un viejo avión
herrumbrado, decidieron adoptar a la anciana como
bisabuela de todos y llamarla Bisa. Y desde entonces
vivieron felices, jugando con Bisa a la rayuela y al ajedrez.
Salían todos a pasear, algunos en bicicleta, otros en
caballo de palo y alguno en un cajón tirado por un carnero.
Pescaban renacuajos para investigarlos y cultivaban
enormes calabazas anaranjadas.
Bisa, en sus tiempos, había sido aviadora. Y el viejo
avión era su famoso “Águila de Oro”. La campeona de
vuelo estaba jubilada –decía- desde que sus ojos se
debilitaron y un mal día al aterrizar había atropellado a una
pobre perdiz viuda.
Entre todos se pusieron a limpiar y aceitar el
aeroplano, con la esperanza de volar algún día y llegar, por
lo menos, hasta la orilla del mar ¡Y ese día estaba cerca!
Porque ya las hélices rugían como dos leones tartamudos,
comandados por la famosa aviadora.
Bisa abrió un baúl, sacó su viejo uniforme arrugado y
se lo probó frente al espejo.
-No es tan distinto del uniforme de los astronautas,
¿verdad, Pachimú?
Pero el grillo, por ser tan pequeño, no sabía nada de
astronautas.
Bisa se encasquetó la gorra y se puso unas antiparras